JESÚS, EL HIJO DE DIOS
El Padre envía al Hijo
Jesucristo, el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, no 'creado' ni adoptado, “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), para llevar a cabo una misión especial de parte del Padre. Esta misión tiene una importancia esencial en el plan divino de salvación, ya que por ella se realiza el designio de savación de Dios sobre el mundo y sobre el hombre. En todo el Nuevo Testamento hallamos expresada la verdad sobre el envío del Hijo por parte del Padre, que se concreta en la misión mesiánica de Jesucristo. Especialmente significativos son numerosos textos del Evangelio de Juan:
Casi al principio de su vida pública, dentro del diálogo que mantuvo con Nicodemo, sacudido por su ignorancia y sus dudas, el Maestro respondió: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Jesús le menciona con claridad cuatro ideas centrales para entender su presencia en el mundo: 1) El Padre es quien envía, 2) él ha sido enviado por el Padre, 3) razón del envío: el amor infinito del Padre a los hombres, 4) objetivo de la misión: dar a todos los hombres la oportunidad de acoger el amor de Dios y salvarse. Juan escribirá en su primera carta que el Padre “nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).
En el transcurso de su encuentro con la mujer samaritana, los discípulos fueron a comprar comida que luego ofrecieron al Maestro, pero éste no quiso comer. Ante la sorpresa de los discípulos, les reveló el principio que regía su forma de obrar: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra” (Jn 4,34). Por eso, podía apoyarse en sus obras para demostrar que el Padre le había enviado: “Estas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado' (Jn 5, 36).
Jesús, que tiene conciencia clara de haber sido enviado, dice a sus adversarios judíos, que presumían de ser hijos de Abraham: “Yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado” (Jn 8,42).
Estaba un día enseñando en el templo y dijo a los que le escuchaban, que al parecer no se fiaban de él porque no sabían de dónde era: “El que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco porque procedo de él, y él me ha enviado” (Jn 7, 28-29).
Cuando los fariseos rechazaron su testimonio, porque según decían giraba sobre sí mismo, el Maestro les contestó: “No estoy yo solo, sino yo y el Padre que me ha mandado” (Jn 8,16). Y apoyándose en la Ley, que da por válido el testimonio de dos personas, añadió: “Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí” (Jn 8, 18).
Su identificación con la voluntad del Padre y su empeño de llevarla a cabo por encima de todo, le llevó en cierto momento a decir gritando: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado"( Jn 12,44-45).
Esta afirmación –haber sido enviado por el Padre- aparecerá también en la oración sacerdotal, en la que Jesús encomienda sus discípulos al Padre, apoyándose en que ellos “han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado” (Jn 17,8). Y continuando esta oración, Jesús oró al Padre y le dijo: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn 17,18). Esta afirmación tomó cuerpo en forma de mandato la tarde de “aquel día, el primero de la semana” (Jn 20,19), día de la resurrección, en que haciendo una referencia expresa a la oración sacerdotal, dirigió a sus discípulos las que fueron sus primeras palabras como resucitado: “Como me envió mi Padre, así os envío yo” (Jn 20,21 ).
Ante la actitud de la multitud, que quería retenerlo después de haber presenciado numerosas curaciones (cf. Lc 4,40-41), dio a conocer uno de los contenidos fundamentales de la misión que había recibido, como era anunciar el Reino de Dios, porque ése era el plan del Padre: “También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43).
La verdad sobre Jesucristo como Hijo enviado por el Padre para la redención del mundo, para la salvación y la liberación del hombre prisionero del pecado —y por consiguiente de las potencias de las tinieblas—, constituye el contenido central de la Buena Nueva. Cristo Jesús es el 'Hijo Unigénito' (Jn 1,18), que, para llevar a cabo su misión, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2.6-8). Y en esta situación de hombre, de siervo del Señor, libremente aceptada, proclamaba: “Yo hago siempre lo que es de su agrado” (Jn 8, 29).
Esta obediencia hacia el Padre libremente aceptada, esta sumisión al Padre en antítesis con la 'desobediencia' del primer Adán, continúa siendo la expresión de la unión más profunda entre el Padre y el Hijo, reflejo de la unidad trinitaria: “Ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. (Jn 14,31). Esta unión de voluntades para la salvación del hombre, revela definitivamente la verdad sobre Dios en su Esencia íntima: el Amor. Y al mismo tiempo revela la fuente de la salvación del mundo y del hombre: la Vida que es la luz de los hombres (Cfr. Jn 1,4).
La misión del Hijo tiene que ver con el misterio de la Trinidad: “Las personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo”